11/04/2008

Sendero Gris

Inicié mi experiencia al tomar conciencia rodeado por calles comunes y corrientes impregnadas de abandono. El panorama luce triste desde el comienzo en un paisaje de veredas desoladas pintadas de grises polvo y humo, las edificaciones hacen equilibrio para no caer por su propio peso entre los escombros de los que ya vencieron sus cimientos. Se hila en mi mente la post guerra, el día después de los avances de tropas y recuerdo las imágenes documentales de la segunda guerra mundial y los exiliados y sobrevivientes escapando a mejores suertes. Sembrados escombros desparramados donde quiera que mire ventanas rotas, paredes caídas, puertas violadas… reina un lúgubre aspecto de cementerio. Me tomé unos segundos para contemplar el escenario y empaparme en la empatía.
La gente entra escena marchando por la calle totalmente inexpresiva sumidos en un silencio sin sentido. Hombres, mujeres y niños arrastran los pies lastimados y heridos, algunos portan sangre fresca en sus ropas, sangre propia, sangre ajena mezclada con barro y polvillo, con desolación y sin fuerzas ni ánimos.
Se disipa mi hipnotismo al notar que yo también estoy herido, un peculiar dolor invade mis piernas y trepa por mi espalda, siento fuertemente la falta de mis fuerzas y me esfuerzo por no derrumbarme.
Giré a mi derecha y mezclado entre los inexpresivos caminantes me reconozco caminando en dirección a donde me encuentro, herido, sucio, cansado avanza o avanzo despacio y tanteando el suelo con los pies antes de cada paso. Noté su ceguera por sus ojos posados en ningún lado y arrastrando las suelas de los pies para no tropezar, agotando sus últimas fuerzas, temblando se acerca.
Me congelé unos instantes al encontrarme a mi mismo en otro cuerpo, en otra encarnación que intenta no morirse y llegar a quien sabe donde. El tiempo corre de manera diferente acá, o ahora.
A mi izquierda a unos cuarenta o cincuenta pasos vuelvo a encontrarme conmigo mismo, otra vez yo, yo a mi izquierda, yo a mi derecha. Tres veces soy en maneras diferentes pero iguales o la misma en tres lugares distintos, encerrados en un mismo momento.
Este primer yo que encontré que camina ciego me alcanza desplomándose en el suelo a mi pies y a pesar de lo extraño que resulta no me pregunté siquiera como pudo llegar a mi sin verme.
El viento sopla leve pero ejerce presencia y, como forjados por cenizas, cada palpitar de la  brisa hurta un poquito de nosotros… soy testigo de como en polvo nos desintegramos integrándonos al vuelo del viento.
Levanté su cuerpo y cargo en mis brazos a mi yo que yacía sin espíritu casi, ahí a los pies de mi figura atónita. Levanté sus restos superiores antes de que el viento termine su labor, sus piernas ya no existen y las cuencas de los ojos están vacías, luce avejentado y la piel grisácea canta la canción de la muerte a través de los poros tapados. Mi conciencia esta censurada en este plano, mis pensamientos silenciados y me limito a actuar sin pensar mucho al respecto. Me uní a la procesión y camino junto a  todos sin saber realmente a donde voy, solo puedo ver al final de la calle escombros, nubes de polvo y humo, el aire es denso y cuesta respirar.
Mi otro yo sigue caminando sin detener su marcha allá adelante, lento pero seguro y lo sigo con los restos de mí mismo en brazos. Avancé mecánicamente, sin pensar ni entender, sin juzgar y sin expectativas. No tengo pensamientos, ni emociones. No tengo nada. Estoy sumergido en un sueño de silencio y suspenso en un plano donde transitamos sobre las huellas de la tragedia sin ayudarnos, sin reparar en nadie y avanzamos esquivando los cuerpos en el camino de los que tropezaron y no pudieron levantarse, cuerpos que el viento reclama poco a poco dejando harapos y zapatos vacíos abandonados.
Al bajar mi vista me hallo con que mi carga se desvanece. Cargo una maza cuasi forme de cenizas, apenas restos de la cabeza inerte de ese yo ciego que intenté auxiliar. Acto reflejo mis manos se abrieron dejándola caer para convertirse en bocado de esta brisa extraña… Solo cenizas y nada más que cenizas quedaron que empiezan a escapar desintegrándose paulatinamente.
Asumí lo ocurrido en tiempo record porque nada podía hacer ya y retomé mi camino. Al menos lo intenté. Avancé unos pasos pero mis piernas ya no soportan mi propio peso y me es imposible mantener el equilibrio. Aterricé boca abajo besando el pavimento con modesta violencia y, aun consciente, vivo en carne propia por segunda oportunidad el ser acariciado tan profundamente por la brisa fría hasta desarmarme y flotar en el aire.
Presencié estos sucesos sin pausar mi caminata allá adelante, mi conciencia estuvo presente en todos mis cuerpos en todo momento hasta que el viento me arrastró en su planeo mortífero. Observé como mi yo ciego se desplomó y fue auxiliado por mí mismo. Los observé muriendo una y otra vez sin detener mi paso, girando cada tanto para verlos y heme ahora que soy el ultimo de mis personalidades en pie. He existido conscientemente de mis identidades en todo momento.
Un sendero cercado por cascotes y restos de urbe encamina a la muchedumbre moribunda sumergida en silencios espectrales por un callejón que apunta al mar… escombros y alambrados de púas limitan los últimos pasos del camino que se vuelve cada vez mas angosto.
Me separé del rebaño de inertes caminantes alejándome del sendero. Atravesé montañas de restos de mampostería y pedazos de edificios y me acerqué instintivamente a la cruz en el lugar que encontré alejada, como si hubiera sido escondida intencionalmente del resto del escenario. Está custodiada por más cercos de alambres de púas y vigas de metal para que nadie se acerque, pero mi curiosidad es más fuerte y una vez más me siento derrumbar por el dolor insoportable. Exprimí los vestigios de fuerza que me quedaron e intenté caer intencionalmente sobre las púas afiladas de los alambrados, el peso de mi cuerpo impacta de espalda y siento el filo de los alambrados penetrando mi piel.
Un estruendo explosivo me deja atontado y más desorientado aún ahí tirado en el piso sin entender que sucede, sin saber que hago o por qué quise lastimarme. El cielo y la tierra están invertidos ahora y en cámara lenta quiebran los cimientos de la enorme cruz de hierro que pierde su equilibrio y se precipita sobre mí en un suceder tan simple como trágico.
Es curioso, nunca había visto una cruz así— pensé.
En su centro labrada la imagen del rostro de Jesús con excesivos detalles cubierta de polvo y oxido, incluso la corona de espinas con la que fue crucificado gozaba de dedicado trabajo. En el posterior nacía una serie de púas afiladas apuntando en todo ángulo, como si escaparan de Su nuca, los cuales entraron en mi pecho al derrumbarse causando un dolor indescriptible, el peso del monumento me hubiera aplastado sin esfuerzo, aun sin las púas atravesando mis pulmones y rompiendo mis huesos.
Al alzar mi vista se graba en mi memoria la imagen del rostro de Jesús presionando sobre mi pecho, las calles grises, el humo, nubes de polvo… a mi derecha el sendero donde transitan quienes casi muertos se dirigen a quien sabe donde. Espero sin ansiedad entonces que el viento venga por mí a llevarme como lo hizo dos veces ya.

Cerré mis ojos con paz y con dolor, sin respirar y esperando convertirme en polvo viajero y desperté.