5/01/2014

Natura reina

Adriana amaneció exaltada, sus músculos estaban tensos y las manos aferraban las sabanas, sin aire en sus pulmones y pataleando como Baal bajo lluvia de agua bendita. Era la cuarta o quinta vez este mes que volvía de sus sueños traumáticamente.

Las primeras veces fueron leves sustos que mantuvo en secreto, no tenía intensiones ni paciencia para ser  tomada por loca o desequilibrada. Con el pasar del tiempo los despertares se volvieron más intensos, más dramáticos y ruidosos, incluso en una ocasión gritó tan fuerte y con tal desesperación que su madre la escuchó y acudió en su ayuda con miedo a lo peor. Al empujar la puerta se encontró con Adriana peleando con la invisibilidad de sus miedos estando aun dormida, intentando aferrarse a algo, desesperada y sumida en un miedo total. ¡AYUDA!— Gritó sollozando desesperada en el remolino de sabanas.

Ocasionalmente recordaba las ultimas escenas de sus pesadillas, lo cual era tan tenebroso y perturbador como el despertar en si, y siendo una escéptica en juventud no le interesaba en lo mas mínimo indagar en lo sucedido, de hecho trataba de olvidarse lo antes posible de todo y volver a dormir, aunque pocas veces lo lograba y terminaba leyendo alguna novela ya leída varias veces, tocando el violín, o perdiendo el tiempo en el remolino de pensamientos que no la llevaban jamás a ningún lado sentada en el marco de la ventana. Adoraba quedarse estancada en ese lugar especial de la casa, desde allí la vista se perdía en el sendero escondido entre matorrales y flores silvestres y a la sombra de los árboles que dibujaban amorfas criaturas fantásticas que con el viento mutaban a medida que el sol recorría la bóveda celeste. Los primeros días de otoño y durante la primavera el espectáculo no se limitaba al deleite visual, el aroma de las flores nuevas y las evoluciones naturales de la flora local de la mano de Madre Natura entraban en cada rincón de la casa inundando los salones y las habitaciones de perfumes lilas y colores aromáticos.
La naturaleza conformaba ese refugio que necesitaba algunas mañanas cuando Morfeo la despedía de sus vastos territorios envolviéndola en desesperanza y temor.

En algunas ocasiones cuando la imaginación rompía algunos de esos limites impuestos se dibujaba en su mente una Adriana madre de fuerzas y bosques, inundada de vida arbórea y amada por las criaturas silvestres. Su paso creaba estelas de flores azules, doradas y violetas, su aliento reanimaba las raíces de los ancianos en pie que luchaban por mantenerse erguidos durante las tormentas y sus manos como ramas de arce delicado peinaban las brisas que esparcían el polen en todas direcciones. Realmente disfrutaba delirar de esa manera, pero no se lo permitía muy a menudo porque estaba convencida de que fantasear así era extremadamente infantil y siendo ya una mujercita intentaba aparentar una madurez que realmente no tenia.

Pasados los primeros días de verano llegó la feria al pueblo como solía hacerlo todos los años. El miércoles, estacionaron los carros enormes y clavaron los postes principales; el jueves ya se encontraban alzadas las carpas y habían regado piedritas por todos los senderos para que los visitantes no se embarren los zapatos. Todo estaba listo para el sábado a mediodía cuando empezó a resonar la campanita clásica del pochoclero, el órgano a cuyo ritmo el mono bailaba por algunas moneditas y las sonatas clásicas de kermes que si bien eran alegres para Adriana resultaban tétricas y espeluznantes.
La misma feria todos los años, en el mismo lugar con los mismos puestos y atracciones que se repetían desde la infancia de sus padres, y aun así por las noches todos en el pueblo invadían el terreno iluminado con lamparitas de colores buscando una distracción, esforzándose por divertirse.
Si no fuera por las insistencias de su madre durante toda la semana realmente no se le hubiera ocurrido ni acercarse a la feria, aunque a último momento pensó que seria una buena distracción también, aunque sea exactamente idéntica al año anterior, y al anterior antes del anterior.
Tal vez haya algo nuevo— pensó sin creérselo.

El murmullo constante, los empujones, la música, las luces y el griterío de los presentadores y animadores ahuyentaban las ganas de sonreír, extrañaba el silencio de su habitación y la luz tenue del velador cubierto con un pañuelo que escupía rayos violetas por toda la habitación, tal vez una tasa de té y alguno de esos libros que nadie lee pero que ella adoraba serian ideales. Pero había prometido divertirse, así que se propuso mentir lo mejor posible revoleando sonrisas esporádicamente para que su madre se sienta bien, al fin y al cabo desde que su padre se había embarcado hacía ya cuatro meses el ambiente hogareño se había tornado extraño, tenso y levemente triste de una manera tácita, dado que no hablaban del tema, aunque ambas sabían que posiblemente su regreso se demore unos meses mas, tal vez años, tal vez siempre. Sin novedades desde el día en que se fue estaban a la deriva con la imaginación al timón.

No te esfuerces mas, no tengas miedo. Lo que es, es— dijo una voz temblorosa casi oculta entre los puestos. Adriana se detuvo tan sorprendida como curiosa y buscó el origen de esa voz aflautada y femenina, supuso por la tonalidad que provenía de una persona mayor y no se había equivocado.
Madamme Résponses ocultaba su rostro castigado por el pasar de los años detrás de un velo que había sido blanco en algún momento, sus ojos eran invisibles y sus manos descubiertas sobre la mesa lucían demacradas y contracturadas, las venas sobre el dorso estaban hinchadas en colores violáceos y rodeadas de arrugas. Era la clásica bruja de cuentos personificada. Adriana se acercó curiosa y cauta, la anciana había capturado su atención.
—No creo en brujas o videntes— dijo la joven con timidez y suavidad, evitando ser ofensiva, sin embargo ansiaba saber más.
—Despreocúpate aniñada, las brujas no existen y ciertamente no soy vidente.
— ¿A que se refería con lo que me dijo entonces?— investigó Adriana.
—Estas empapada, tus ojos están aguados y la sal del mar que no conoces esta impregnada en ti. No temas, lo que es, es.
La sorpresa se transformó en miedo y la anciana voz desató los recuerdos de los amaneceres intensos. Revivió en su mente aquel momento en el que despertó aterrorizada cuando el agua helada la empujaba hacia el fondo del mar, el sabor de las sales que la ahogaban, sus ojos ardiendo y los intentos por emerger eran inútiles, el dolor en los brazos y las piernas procurando alcanzar la superficie y la sensación de ser jalada por el oleaje hacia las profundidades. Se vió a si misma descendiendo en las aguas azules y verdes que la devoraban. Observó en su propio rostro el pánico y las lagrimas se mezclaron con el mar que la abrazo hasta morir.

—¿Por qué?— inquirió con un hilo de voz angustiada y con miedo a oír la respuesta.
—Porque no quieres. Acepta, lo que es, es. Ya es hora, aniñada, de que aceptes y vuelvas a tus bosques eternos, a tus caminatas de creación y poesía natural. Vuelve a casa.
El llanto escapó sin fronteras, sus lágrimas saladas rodaron colina abajo por las mejillas salpicadas de pequitas inocentes y sin entender aun por que albergaba tanto dolor se sentó a llorar ocultando su rostro de los curiosos caminantes deseando estar en casa, deseando oler las flores y extrañando los senderos de tierra humedecida por el rocío matinal. Y a papá.

Amanda encontró a su hija llorando en un rincón de la feria en total soledad, escapando de la multitud con angustia suficiente para tres personas, tal vez más. Sin mediar palabras se sentó a su lado y la abrazó, intuyendo el motivo de tal escena sin recursos más que la compañía materna. Se quedaron juntas en silencio, excepto por los espontáneos sollozos que no podían contener, hasta que las lamparitas de colores empezaron a apagarse, la música se debilitaba y el frío de la noche crecía espantando a los pocos visitantes que aun no se habían marchado.
—Vamos a casa— dijo tomando a su hija de la mano sin mirarla a los ojos en ningún momento y emprendieron la caminata silenciosa y pausada.
Entró en su habitación y se acostó abrazando la almohada con los ojos aun aguados, recorrió con la mirada la biblioteca improvisada, el espejo, los zapatos en el piso, la cajonera, la alfombrita tejida por ella misma y el velador envuelto en pañuelos con la mente vacía y el corazón estrangulado.
Perdió la consciencia y sin notarlo naufragó en los reinos de Morfeo. Las estelas de flores detrás de ella crecían más brillantes que nunca y aunque en esta ocasión las nubes grises desfilaban delante del rey de los cielos de alguna manera por entre las copas de los árboles se filtraban nítidos halos de luz que parecían mantener una formación perfecta. Las ardillas correteaban por las cortezas, los pájaros posados en las ramas la observaban atravesar el paraje armoniosamente siguiendo las pistas que los árboles dibujaban en dirección al sendero oculto del bosque por el cual transitó sin prisas regando vida y colores, ejerciendo su poder de revitalización hasta llegar al mar, lugar que no conocía en sus fantasías y que solo había visitado en sus pesadillas.
La costa lucía calma, las arenas estaban colmadas de caracoles y cangrejos que iban y venían danzando flamencos improvisados por el castañeo de las pinzas, el viento proveniente de la inmensidad meció su corona de flores y despertó.
Si bien sus pesadillas no eran diarias es cierto que la sensación de despertar armoniosamente le resultaba atípica y sembraba cierta incertidumbre en los pensamientos matutinos. Huyó de la cama y se envolvió a si misma con la frazada como un capullo de oruga mientras se acercaba a la ventana preferida. Las voces desordenadas y avasallantes de su mente estaban en silencio esa mañana, Adriana no sabia que estaba sintiendo. Era la primera vez en su vida que no reconocía sus emociones, simplemente desconocía ese sentir. No es tristeza, pero no me siento feliz. No estoy enojada, aunque quiero escapar del mundo... —cavilaba con la mirada perdida en el paisaje matutino que brotaba del otro lado del cristal hasta que algo rompió su concentración en el dialogo interno. Algo se movió entre los arbustos, caminó por detrás de uno de los árboles más viejos y avanzaba sobre el sendero casi oculto.
Adriana entrecerró sus ojos como si pudiera afinar la puntería de sus corneas tratando de adivinar que o quien deambulaba entre las flores tan temprano y cuando los rayos del sol llovieron sobre el anónimo caminante la sorpresa secuestró a la doncella dejándola muda y boquiabierta.
Corrió escaleras abajo saltando los escalones de a tres, atropellando todo en su camino y dejando la frazada que la envolvía flotando en el aire. Abrió la puerta de la casa y corrió descalza por el camino de piedras, pisoteó el pasto y algunas flores y casi tropieza con uno de los maceteros de su madre pero nada importaba en ese momento, su mente estaba en blanco y su corazón exaltado bombeaba sangre y emociones hermosas por primera vez en mucho tiempo. Saltó a los brazos de su padre olvidando que ya no era una niña y ambos cayeron abrazados sobre la hierba con los ojos aguados y sonrisas mudas, compartieron el llanto de alegría y reencuentro sin decir una palabra, sin mas gestos que un abrazo eterno postergado por un naufragio que casi le costo la vida al padre quien fue rescatado y reanimado tras fallecer por algunos minutos en el agua helada.
Adriana no volvería a ahogarse en sus sueños nunca mas.


Escrito bajo consigna para el Taller de Escritura Creativa El Lenguado inspirado en las obras de Kindra Nikole.



2 comentarios:

Claudio Aguirre dijo...

Como que le quitó la emoción saber que iba a ser un final feliz jaja pero me copó. Muy bien descrito el mundo fantástico y el onírico, me gustó lo de los cangrejos improvisando flamenco XD (Y)

Erec Tortle dijo...

Si, se que espoileé mucho, pero necesita hacer la aclaracion :p
Gracias!