4/08/2014

El viejo miseria

Tres habitaciones al final de un pasillo demasiado estrecho, una cocina con una sola ventana y un comedor demasiado grande para solo tres habitaciones había sido durante muchos años la residencia de quien sabe quien. Fue el hogar, años mas tarde, de un matrimonio cuyo nombre nadie supo jamás, y, si alguien lo ha sabido en algún momento no lo recuerda hoy.

Los años pasaron en el viejo barrio que se aislaba del mundo con aire sutil y civilizado pero sumamente conservador. Las personas nacían, crecían, envejecían y morían en los hogares heredados de sus antepasados como rito religioso e inquebrantable. Las generaciones de jóvenes solían desaparecer pronto dando paso a lapsos de décadas sin chicos correteando a la hora de la siesta, sin pelotazos en los portones ni juegos en casas de árboles. Era un barrio en la ancianidad de sus días, en el ocaso de su existencia.
A pesar de coexistir con el amenazante paso de las urbes modernas el barrio de Los Dos Pinos había sabido mantenerse intacto de grandes avenidas transitadas, de carteles luminosos y del ajetreado ritmo de vida moderno.

No existían rincones desconocidos o abandonados en todo el lugar, excepto por la casa del viejo miseria. Hogar de antiguos habitantes incógnitos hoy, y que en algún momento fuera del tiempo el viejo miseria había reclamado como suya sin que nadie lo notara, sin que nadie pudiera detenerlo.
El anciano sin nombre se paseaba silencioso por las calles poco iluminadas cuando el sol ya comenzaba a iluminar otros horizontes, en ese momento en que los pocos negocios tenían ya sus puertas cerradas y los residentes terminaban sus días rutinarios asesinando su imaginación delante de la televisión. Caminaba lento y sin prisas, contemplaba las casas y las veredas como filósofo antes de hurgar en la basura y rescatar cualquier tesoro que pudiese encontrar.
Nadie sabía su nombre, nadie le había hablado jamás. Su figura levemente encorvada y el rostro oculto por la barba desprolija justo debajo de sus ojos grises y sin expresión alimentaban las fabulas que se conjeturaban detrás de las cortinas cuando algún que otro residente por casualidad lo veía vagabundeando por ahí. El anciano sin nombres solo era un hombre que cargaba con los miedos de un pueblo prejuicioso y enfermo.

Las noticias de las ocho eran el epicentro informativo de todo ser en esta ciudadela. Planeaban sus días dependiendo de lo que el hombre del clima vaticine, y observaban los valores en la bolsa como si supieran de qué se trata. Consumían crónicas policiales como cuentos de suspenso, cual novelas de autores extranjeros y se sumían en tal empatía que hasta rezaban antes de dormir por aquellas victimas de humanidades varias en algún lugar del mundo. De ese mundo de cual se creían alejados y distantes. De ese mundo donde las personas duermen menos y viven mas.
La cuarta semana de Mayo todos los televisores permanecieron sintonizados en el canal de las noticias durante las veinticuatro horas. Todos estaban pendientes del caso Ángela, su desaparición era comentada en cada diálogo, en cada hogar como si Ángela fuera de la familia aunque jamás nadie la había conocido.
Las crónicas diarias gatillaron miedos en el subconsciente del pueblo que empezó a cerrar las puertas con llave por la noche, a poner rejas en las ventanas y esconderse por la noche con un miedo sin sentido. No existía en la historia del barrio un solo crimen registrado, sin embargo el miedo fue total y hasta empezaron a desconfiar unos de otros, a acusarse de actividades ilegales sin fundamento y a saludarse menos. La plaza dejó de recibir en las tardes soleadas los picnics clásicos y la nube gris habitual de las grandes ciudades posó sus cimientos sobre el, hasta entonces, sereno pueblo.
El viejo miseria, como lo habían apodado, caminó siempre por la noche sin saber como a él se referían, ignorando el temor que infundaba al existir sin emitir voces ni sonidos mientras los miedos se reunieron para buscar culpables y fue entonces cuando los lugareños asustados y enojados con sus propios temores infundados decidieron que era hora de destruir la casa del viejo miseria.
 Aguaron la noche perfecta para ejecutar el infantil plan que habían tramado, la luna estaba mas alta que nunca y atestiguó las furtivas caminatas por detrás de los cercos, las voces calladas y las correteadas hasta llegar a la casa semi abandonada sin legítimos dueños. Arrojaron piedras a la puerta para asegurarse de que el viejo miseria no se encontraba, no tenían intención de cargar en la consciencia con un asesinato, les bastaba con exiliar al desconocido misterioso incendiando el hogar usurpado.
Esperaron unos minutos aguardando la salida del anciano pero eso no sucedió, los perros no ladraron y la casa permaneció inmóvil y silenciosa. Decidieron que el momento era perfecto y lanzaron las botellas con alcohol coronadas con trapos y fuego que estallaron en pedazos dentro del comedor, en el pasillo hacia las habitaciones y en la cocina con la ventana tapiada. El hogar brilló como una calabaza de Halloween y el humo empezó a fugarse por entre las tablas que tapiaban las aberturas, las llamas treparon por dentro y por fuera de la casa como animales salvajes cazando su presa mientras el pueblo observaba en silencio.
Los bomberos llegaron con el amanecer y apagaron las ruinas de un hogar silencioso y liberado en cuyo corazón hallaron los restos carbonizados del hombre abrazado al único objeto que se mantuvo intacto.
Sus brazos rígidos y chamuscados se negaban a despojarse del álbum de fotos que retenían con celos hasta el momento último. Los fotogramas de la vida del viejo miseria antes de ser el viejo miseria escondían una historia que nadie supo jamás, una historia de amor, una mujer amada e hijos, una casa hermosa con jardín delantero y tardes de juegos infantiles en un pasado que nadie se imaginó jamás al verlo recorrer las calles en total soledad.

Cuando las llamas abrazaron al anciano éste se encontraba dormido en profundidad, sus recuerdos eran el palacio onírico en el que residía cada noche cuando, tras cerrar sus ojos, podía volver a besar a su esposa, abrazar a sus dos hijos y escapar del dolor de la tragedia que cambio su vida para siempre.

Habían pasado catorce años desde aquel incendio en el que perdió la razón de vivir, su familia y toda esperanza. Su voz se marcho ese mismo día, desde el cual no pudo volver a emitir sonido y en el momento en que el fuego pateó la puerta y se extendió por toda la habitación el viejo miseria sonrió y abrazado a sus ultimas fotos se dispuso a reencontrarse con su familia.


Escrito bajo consigna para el Taller de Escritura Creativa El Lenguado con el objetivo de incluir la frase "fue entonces cuando decidieron que era hora de destruir la casa del viejo miseria".

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Si,esa triste hora de volver con su historia.

Erec Tortle dijo...

Si bien es un suceder tan trágico como criminal encontré cierta felicidad en el desenlace contrastando con el accionar del subconsciente colectivo. Cada quien elegirá con que elemento quedarse :)

Claudio Aguirre dijo...

Buena onda, me gustó como quedó, mal por el pueblo arruinado, bien por él al encontrar un buen sentido a la desgracia que le hicieron pasar... muy bueno! (Y)

Erec Tortle dijo...

Totalmente entregado a la muerte. EL viejo sabee (SABIA)